El final de la carrera
La fatiga de materiales del "business as usual"
Peligro de derrumbe
Tengo 42 años y, como profesional del marketing, mi actual empleo podría ser el último. Depende a quién le preguntes, suena muy bien, o muy mal. Y digo empleo y no trabajo porque aunque tendemos a usarlo como sinónimos, no son lo mismo.
El empleo como lo conocemos, tiene unos pocos siglos de existencia. Y durante ese tiempo ha sobrevivido gracias a la promesa de trabajar duro a cambio de estabilidad.
Con el paso de los años, esa promesa se volvió cada vez menos rentable. Y cuando el empleo se vuelve frágil, no solo se nos desordena el presupuesto familiar, también la identidad. En contraste, el trabajo es algo más antiguo y profundo. Mucho antes de que existieran los departamentos de recursos humanos, ya nos organizábamos en torno a la actividad productiva. En mi caso, me gusta lo que hago, tengo suerte de que me paguen por hacerlo, pero en un futuro post apocalíptico a nadie le va a importar qué tan bueno soy en generar leads.
La velocidad con que la IA disrupciona (¿existe esa palabra?) industria tras industria me marea un poco. De hecho, allá por el 2022 escribí un post sobre cómo las herramientas low-code eran una especie de traductor para no quedarnos fuera de una conversación que estaba sucediendo en código. Unos pocos años después, nadie quiere estudiar programación. Y si eso le pasó a la niña bonita del baile, ¿qué queda para el simple marketing, que lleva años mirando desde una esquina con anteojos y el pelo tomado en una cola?
Pero por otro lado, los seres humanos somos expertos en adaptarnos. Ya hemos salido airosos de otros fenómenos globales como la agricultura, la industrialización o la Macarena. Este es solo otro cambio, y las futuras generaciones dirán “¿Se acuerdan del Richi? Yo tampoco”.
Pero si se dieron el trabajo (ja!) de revisar los links del inicio, habrán notado algo: tanto las visiones más catastrofistas sobre el futuro como el optimismo radical a lo Star Trek coinciden en una cosa: El cambio que viene, viene fuerte.
Hume decía que la creencia de que el sol saldrá mañana no se basa en la razón ni en la deducción, sino en el hábito. Y esto es lo que me deja con esa sensación de estar a punto de caerme de un columpio: En la cadena de producción de valor, unos pocos siglos de historia no garantizan nuestro lugar en el futuro.
Galopando hacia la obsolescencia
El 10 de diciembre de 1922 los bomberos Balgriffen, Danny Beg, Penrose Waterboy y Bucknell, hasta ese momento orgullosos miembros equinos de la Compañía de Bomberos de Nueva York, salieron raudos como siempre al llamado de la campana.
Solo que no iban rumbo a una emergencia. Tiraron de su vieja bomba contra incendios hacia el ayuntamiento, donde los esperaba, junto la ciudadanía agradecida que venía a despedirlos, uno de esos nuevos motores a combustión. Hicieron su última carrera sin saber que iban a toda velocidad hacia su propia obsolescencia.
En 2026, hay varias fuerzas que empujar nuestro desarrollo como sociedad en distintas direcciones contradictorias: la automatización, la inteligencia artificial y la concentración de capital, por mencionar algunas. Y en medio de la velocidad que nos exige la vida diaria, a veces me siento como esos caballos corriendo hacia un futuro que no necesariamente cuenta conmigo.
Es raro moverse en el territorio entre lo último de lo que hay y los primeros atisbos de lo que se viene, pero este es un primer paso. Porque está claro que hay que moverse.

